navigation + slideshow

jueves, 25 de junio de 2015

El Grand Tour

El viaje a Italia

Hackert, Paisaje desde el Palacio Caserta y el Vesuvio, 1793

Italia fue desde siempre el destino ideal para el que quisiera aprender arte. Sabemos que, p.ej., Durero estuvo allí para conocer las nuevas técnicas artísticas; Poussin vivió casi toda su vida en Roma; Velázquez viajó 2 veces por encargo del rey; Rubens, lo mismo, y así muchos otros más. Eran casos aislados, con un interés profesional o diplomático. Pero a partir del sg. XVIII se produce un fenómeno muy particular: ingleses, franceses, alemanes, pero sobre todo, los ingleses, peregrinarán a la península en masa (unos 40000 por año). Muchos de ellos, figuras ilustres, como Goethe, Reynolds, Turner, los arquitectos R. Adam e Íñigo Jones, el poeta Wordsworth, Stendhal, Dickens, Byron, Ruskin, Berkeley, Sargent…


Durante mucho tiempo Inglaterra había estado aislada del desarrollo artístico del continente: los pintores de la corte eran extranjeros. A esto hay que agregarle el cisma con la Iglesía Católica de Enrique VIII y la guerra contra España (que dominaba el sur de Italia), con lo cual cualquiera que quisiera viajar hacia allí debía pedir un permiso especial, volver en la fecha indicada (bajo la pena de confiscación de bienes) o correr el riesgo de ser considerado espía. Cuando Inglaterra se convierte en una potencia mundial, estas trabas para viajar ya no importan.
Dumesnil el Joven, Jugadores de
cartas en la sala de dibujo
(Imagen: Metropolitan Museum
of Art)

El viaje a Italia tenía un fin educativo: se consideraba parte de la formación del individuo. Era lo que hacía que alguien se convirtiera en un “virtuoso” o una persona de “buen gusto”. No había otra manera de conocer las ruinas romanas, las grandes pinturas y esculturas, salvo por estampas o antiguos libros de viajes. (A todo esto: la primera guía turística de Italia fue escrita por Richard Lassels, 1640, y habrá cientos como ésta más tarde.)




Duraba entre 2 y 4 años. Algunos lo aprovechaban para estudiar en grandes universidades: Padua, Boloña, Sorbona, Leipzig, Heidelberg. ¿Quiénes viajaban? Obviamente, gente de dinero; casi todos hombres, aunque ha habido algunas mujeres. Iban acompañados de un séquito de sirvientes, desde cocinero, barbero, guías, maestros de esgrima o de danza, lavanderas, etc. El equipaje era inmenso: llevaban té con la tetera de plata, mantas, alfombras, zapatos de doble suela para los fríos suelos de mármol, avena para el desayuno, mapas que cupieran en el bolsillo, brújulas, diccionarios, acuarelas y pinceles, medicinas, yesca, mostaza, aceite de lavanda (contra las pulgas y chinches de las camas de las posadas), pistolas para defenderse de los bandidos, sábanas, vinagre para desinfectar el agua de las bañeras, regalos para los anfitriones y un gran etcétera.

Los jóvenes iban acompañados de un tutor, algunos muy ilustres, como John Locke, Adam Smith o Thomas Hobbes; otros, no lo eran tanto: existen cartas de jóvenes suplicando a sus padres que  les permitan regresar porque el tutor lo lleva por mal camino o porque no cumple con su función. Por supuesto, el caso inverso también existe: el de los tutores que se quejan de que su pupilo, aprovechando la libertad de estar lejos de la familia, no se dedica a estudiar lenguas, medir ruinas y a pintar paisajes sino a irse de juerga.
Keate, Cruzando el Monte Cenis, 1755
(British Museum)


Disponían de unas 120000 libras anuales, pero no se viajaba con el dinero, por el miedo a los piratas y ladrones. Se contactaba con bancos locales antes de partir, pero las comisiones eran tremendas y la transferencia tardaba unas 6 semanas. Entonces se recurría al cónsul inglés (el más famoso: Joseph Smith, en Venecia) o se pedía prestado a un compatriota.







Turner, El Puente del Diablo
en el San Gotardo, 1804
Partían de Dover; algunos cruzaban el Canal de la Mancha en barco y así hasta Génova, para obviar el cruce de los Alpes. Otros desembarcaban en Calais y comenzaban un largo viaje por tierra, con una estadía obligada en París. Algunos en su propio carruaje; otros lo alquilaban o lo compraban en Francia. Así hasta cruzar los Alpes por el paso del San Gotardo, del Monte Cenis o del Simplón. En mulas o caballos, pero gran parte del trayecto en literas acarreadas por 2 sirvientes (con 8 más de recambio).







Russel, Viajeros ingleses en Roma, 1750


Milán era la primera parada: allí había que ver los dibujos de Leonardo, los Tiziano y los Carracci y asistir a la Ópera. El destino más deseado era llegar a Venecia. Allí buscaban las obras de Tiziano, Tintoretto y Veronese. Y por supuesto, vivir el carnaval y pasear en góndola. Luego, Padua, donde conocían los frescos de Giotto. Más adelante, Florencia, donde estudiaban las obras de la Galería Uffizi. Seguían a Pisa, Bologna, Siena… Con gran emoción llegaban a la Ciudad Eterna: allí estudiaban las ruinas, visitaban las Galerías Vaticanas para conocer a Rafael, la Capilla Sixtina de Miguel Ángel, la Biblioteca Vaticana, el Coliseo…  Roma estaba infestada de ingleses: hasta tal punto que había cafés y clubes para ellos, donde podían jugar a las cartas o al billar. La Piazza Spagna era un verdadero ghetto inglés.

Algunos seguían hasta Sicilia y Nápoles, donde contemplaban la licuefacción de la sangre de San Genaro, subían al Vesuvio y visitaban las recién descubiertas Pompeya y Herculano.

Canaletto, Panteón de
Roma,  1742
Colección Real, Palacio
de Windsor
El regreso muchas veces pasaba por Alemania, Suiza o los Países Bajos. Por razones políticas no viajaban a España ni a Grecia o a Turquía. El descubrimiento de estos países será con los románticos, a principios del sg. XIX.
El equipaje se duplicaba con las compras de libros, manuscritos, reproducciones de estatuas, grabados, guantes, seda, porcelana francesa, jabones, encajes, semillas de melón y “zucchini”…. Pero lo más preciado: cuadros pintados por Pannini, Canaletto, Guardi, Longhi, Bellotto, Piranesi.

El Grand Tour termina con las invasiones napoleónicas en 1796. Cuando se reabre el Canal, habrá nuevos viajeros  en busca de arte y cultura.








Tendrá muchísima influencia en las artes en general: toda la pintura será invadida por romanos, togas y columnas. Los salones ingleses se llenarán de vedute venecianas. Así comienza el Neoclasicismo.

¿Y a que no sabes esto? Nuestra palabra “turista” (con todo lo que hoy significa) nace precisamente del fenómeno del Grand Tour. Antes de esto, sólo éramos “viajeros”.
Rowlandson, Dos hombres durmiendo en un sofá, 1785
(Imagen: Colección Real de Su Majestad, Reina de Inglaterra)




Fuentes: Chaney.E. The evolution of the Grand Tour. London, Frank Cass, 1998
Hibbert, Ch. The Grand Tour. London, Thames Methuen, 1987
Goethe, J.W. Italienische Reise. Frankfurt a.M., Insel V., 2013




No hay comentarios :

Publicar un comentario