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jueves, 24 de mayo de 2018

Puro glamour


Sorolla y la moda

"Sorolla y la moda" en el Museo Sorolla (Imagen: C.del Rosso)
(Detrás: Paseo a orillas del mar, 1909)

¡Ay, qué tiempos! Debería haber nacido en esa época. La época de mi abuela, más o menos. Es fascinante.

"Sorolla y la moda", Museo Thyssen (Imagen: C.del Rosso)
Valencianos a caballo, 1906


Fui a ver la expo de “Sorolla y la moda” del Thyssen y pensaba en todas esas cosas. Sabía que me iba a encontrar con los mismos cuadros de siempre, pero no me la podía perder.
Museo Thyssen (Imagen: C.del Rosso)

Si has leído sus cartas (te las recomiendo), sabrás lo pendiente que estaba él de la moda. 

Iba a París y buscaba ese zapato para Clotilde o para sus hijas, o esa tela que le habían encargado, bordados, puntillas, sombreros… Le pedía que le mandara sus medidas para tal o cual vestido. Venía de una familia de tenderos y sabía perfectamente distinguir la calidad de una u otra tela.


Clotilde con sombrero, 1910
Museo Sorolla (Imagen: C. del Rosso)

Para él, que había nacido en una familia humilde y que había quedado huérfano, poder acceder a todo eso significaba confirmar que “había llegado”, que había alcanzado la meta. Ahora tocaba disfrutar y compartirlo con su familia. Se codeaban con el rey y con lo mejor de la sociedad: ese nuevo estatus implicaba un cierto tipo de vestimenta. Sin embargo, nunca se olvidaron del Cabañal, de la Malvarrosa, de su Valencia.



Clotilde con traje negro, 1890
Museo Thyssen (Imagen: C.del Rosso)
Los vestidos que él le compraba a Clotilde o los que ella cosía se han hecho eternos en sus cuadros. Ella era su musa: la pintó de amarillo, de gris, de negro, de blanco, en la playa, en el salón, en el jardín… Derrochaba elegancia, delicadeza y finura. Él era el pintor rudo, de modales bruscos, el que andaba siempre manchado (¡Díganme qué pintor no anda manchado! Si me vieras…). Así lo describían sus detractores, los que no lo soportaban, pero que igual le pedían que los retratara porque era el artista del momento.

Por eso no me la quería perder. Me encantó la puesta en escena: ambientes claros, recorrido bien organizado. Cuadros conocidos y muchos de colecciones privadas, que no suelen verse o del que no hay imágenes. Y cada uno, con un vestido, allí, como el del cuadro. 







Clotilde en el sofá, 1910
Museo Sorolla (Imagen: C. del Rosso)
Me tomé el trabajo de ver si había alguno de la familia Sorolla: encontré un vestido de valenciana de María, una blusa plisada y varios accesorios. También han traído algunos muebles de su propiedad: el ropero, un costurero, la banqueta, que normalmente no están expuestos en su casa. El resto de los vestidos vienen de distintos museos o de colecciones particulares, como la de Ana González Moro. 

Me imagino el trabajo casi de detective de los curadores, el de encontrar el ejemplo de vestido exacto para cada obra. Las diferencias son mínimas: hasta tal punto Sorolla y su familia eran fieles a los dictados de la moda parisina. ¿Por qué le interesaba esa fidelidad a la ropa del retratado/a? Como ha pasado siempre, la ropa caracteriza y describe al personaje; además, lo sitúa en un momento temporal determinado, y nada mejor que las tendencias de la moda para esto.







Doña María de Allende, 1905
Me paseé por esos cuadros de playa con esos blancos que son verdes, malvas, celestes, reflejando la luz del sol y a su lado, vestidos de muselina, con botones de nácar, alforzas, puntillas, bordados… y no tan blancos ya por el paso del tiempo.

Y los vestidos de fiesta, con sus lentejuelas y encajes, y Sorolla, pintando las transparencias como nadie. Me quedé mirando cómo había hecho la mantilla de Doña María de Allende. 










Alfonso XIII con uniforme de
húsares, 1907






Y después, Alfonso XIII, pintado al aire libre: ¿qué captó de su traje?, ¿qué le importó destacar más?


















 Y luego, el retrato inmenso del rey junto a su madre, en la sala del trono del Palacio Real: es un retrato conmemorativo, lleno de alusiones políticas.


Museo Thyssen (Imagen: C.del Rosso)
Alfonso XIII y su madre la Reina María Cristina, 1901

Elena con túnica amarilla, 1909
Y luego, Elena con la túnica amarilla: un vestido Delfos de Fortuny que su padre le había traído de París. Junto al cuadro, un modelo de ese vestido, aunque en otro color. Era de ultimísima moda: sin corsé, seda plisada, con una caída fantástica. Sorolla era un hombre moderno.

Salí del Museo acompañada por esas imágenes de mujeres elegantes, de una época con mucho glamour. Esos vestidos me hacían recordar al ropero de mi abuela. Suena a vetusto y anticuado, pero ahora que está de moda lo vintage… ¡lástima que no los guardamos!

En realidad, el Thyssen es sólo una parte de la muestra: es un trabajo de colaboración con el Museo Sorolla. Había estado allí con unos amigos hacía poco; no tenía ni tiempo ni ganas de ir, así que lo dejé para otro día. Me carcomía por dentro la curiosidad: ¿qué impresión me darán ver esos vestidos en su casa y junto a esos cuadros?

Clotilde en blanco, 1902
Museo Thyssen (Imagen: C. del Rosso)
Falta poco para que estas exposiciones cierren sus puertas. La curiosidad me seguía carcomiendo. Un domingo con sol aproveché para ir al Sorolla. Los jardines llenos de flores, con geranios blancos, el rosal amarillo en flor, naranjos y las fuentes… ¡qué delicia!

Estaba lleno de gente, me sorprendió: turistas y no turistas. Costaba un poco ver los cuadros. Hay muchos menos vestidos que en el Thyssen, pero se entiende: no hay espacio, y la planta baja tiene que respetar la ambientación de la casa. 











Aún así, los vestidos blancos y livianos dialogan con “Paseo por la playa”, con Clotilde y María disfrutando de la brisa del mar. 

Tomando el té en el jardín, 1918
Museo Thyssen (Imagen: C. del Rosso)
En la primera planta la puesta en escena es muy similar a la del Thyssen. Me hubiese gustado mostrarte algo de allí, pero no dejan sacar fotos. La iluminación es muy baja, no creo que hubiesen salido bien. Me llené de encajes y pedrería, y la mano maestra que sabe cómo pintar una estola de visón, las transparencias de las puntillas, el relieve de los bordados, telas con rayas y terciopelos. 

Muy interesantes unos cuadritos sin terminar, en su primera etapa de ejecución, abocetados, en donde se ve cómo capturaba la escena el artista, sin perder detalle de luces y sombras. 












Clotilde con mantilla negra, 1902
(Imagen: Hispanic Society New York)
Y luego, el soberbio retrato de Clotilde con mantilla española, todo en negro.  A su lado, la silla que aparece en el cuadro. Siempre se dice que Sorolla es el maestro de la luz, de los blancos con matices infinitos, pero nunca se presta atención a sus negros. Mientras lo contemplaba, una turista americana me dijo: “¡Siempre triste!”.  (Así, en su medio español.) No le dije nada: no podía ponerme a explicarle ahí lo que significa ese gesto, lo que era España, lo que sufrió esa mujer, apoyando incondicionalmente a su marido, lo que significa ese traje negro, esa mantilla…

Pasé un rato a ver lo que tenían en la tienda, ¡cosas preciosas! (¡Qué tentación!) Me quedé pensando en que, al fin de cuentas, vino bien ver las 2 expos por separado. Hubiese sido mucho en un día y no lo hubiese disfrutado como se debe. Y que estuvo bien ir primero al Thyssen. El Museo Sorolla siempre merece una visita sin prisas.














La exposición “Sorolla y la moda” termina prontito, el 27 de mayo. Si no estás en Madrid o no te da tiempo para ir a verla, puedes recorrerla pinchando aquí.

Puedes también visitar la página del Museo Sorolla, pinchando aquí.


Jardín Museo Sorolla (Imagen: C. del Rosso)


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